Jueves, fiesta de Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, 28-05-2026
“Empezó a sentir tristeza y angustia”
Evangelio según S. Mateo 26, 36-42
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: « ¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
Meditación del Evangelio
Jesús, en la última cena, a pesar de saber lo que se le venía encima, está pendiente de los suyos, y no de sí mismo. Los trata con todo cariño y ternura, adaptándose a su entender, y les deja el resumen y compendio de su mensaje: su Mandamiento del amor.
Al acabar la cena se encaminó, como era su costumbre (Lc 22,39; Jn 18,2), hacia el Huerto de Getsemaní (de los Olivos), rezando y cantando los salmos pascuales (cf Mc 14,26), y comenzaron a tomar cuerpo y hacérsele sensibles e intensas ciertas tentaciones. Reacciona buscando, ansiando acudir a la oración con su Padre para refugiarse en Él, porque tiembla de espanto (Mc 14,33) y angustia ante lo que le llega: su Pasión y muerte; y le invade la tristeza… ¡Cuán hombre se le ve aquí a Jesús!, que, además de cien por cien Dios, es cien por cien hombre (¡cosas de Dios!), y antes de su venida al mundo, el Padre determinó que como tal funcionase aquí en la Tierra, entre nosotros, aceptándolo libremente el Hijo, quien, “a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre (“Iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” —Lc 2,52—), se abajó, obedeciendo hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Ef 2,6-8). Para ser en todo modelo nuestro, porque fue en todo igual a nosotros menos que, pudiendo pecar, no pecó.
Era como tú y como yo. Y era asediado por tentaciones, como tú y como yo. Y mucho más que tú y que yo, porque al ser el mejor de los buenos, el hombre que Dios tenía pensado antes de la Creación que fuera el hombre, pero que éste no llegó a serlo porque pecó (Jesús es ‘el nuevo Adán’—CIC punto 411—), fue atacado (así lo permitió el Padre para liberarte a ti, a mí,…) por el peor y más poderoso de los malos, el mismísimo Satanás, que intentó derribarlo para que desistiese de llevar a cabo el plan salvador del Padre con el Hombre. O, de no conseguirlo, al menos desviarlo levemente. O si tampoco, disminuirlo, de manera que no quedase del todo realizado, o se realizase no como era la voluntad del Padre.
Ante lo que se le viene encima, se siente niño impotente, y acude a su Padre (“Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” —Mt 18,3—; él vive (él es) su propia doctrina que predica; él es el Evangelio viviente). Corre a refugiarse plenamente en su Padre. Se ve ‘nada’, y corre a la oración en busca del que lo es ‘todo’: su Padre. Y, como cuando tú y yo estamos angustiados y pedimos a nuestros amigos que se unan a nosotros en oración ante Dios por aquello que nos preocupa, eso mismo hizo él, llevando consigo a sus íntimos, y aleccionándolos e instándolos una vez llegados a que se fortalecieran orando, como él mismo iba a hacer, para no caer en tentación ante lo que Jesús sabe que también a ellos se les vendrá encima, “porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Porque la humanidad de Cristo no era ‘una cáscara’ en que se encierra un Dios. No ‘parecía hombre’, e inmerso en apariencias humanas ‘hacía como si hiciese’, o ‘aprendía como si aprendiese’, o era tentado pero no de veras, sino como si lo fuese; o era incapaz de desfallecimientos, tristezas, dolores, sufrimientos, hastíos, viendo siempre todo claro sin tener que acudir a la fe porque todo lo tenía en su mano; es decir, que él no ‘creía como si creyese’; ¡no!; ¡nada de eso!¡Él es realmente hombre!;¡hombre del todo!, y se espanta, y necesita la fuerza de lo alto para resistir, para fortalecerse, e intercede ante su Padre por si le suprime todo lo por venir, por si hay otras maneras incruentas de conseguir lo mismo…, porque uno le pide a su Padre Dios, como hijo que es, todo lo que se le ocurre, lo que él ve y como lo ve, desahogándose con él, pero dejando siempre abierta la puerta para que, si no coincide lo que pide con la voluntad del Padre, él lo fortalezca para vivirla.
Jesús había dicho: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libre y voluntariamente» (Jn 10,18). Si Adán pecó desobedeciendo a Dios, Jesús entrega su vida con amor obediente al Padre y amor a nosotros los hombres. Mas esa obediencia voluntaria le lleva ahora a un combate terrible, entre su natural humano que quiere vivir, y lo que sabe que es la voluntad divina: encaminarse hacia la muerte (ha llegado su hora; la hora del poder de las tinieblas; porque hasta entonces, nadie pudo echarle mano y detenerlo¾como bien nos narran los evangelios¾). Iba a combatir abiertamente, aquí y en la cruz, contra la Fiera, de manera que soltase la presa (la Humanidad) que entre sus fauces tenía cogida, ofreciéndose él mismo como víctima, y así librarnos de ser engullidos por ella. Iba a vencer a la muerte muriendo, para luego desde ella resucitar. Iba a vencer al dolor (físico, psíquico, espiritual) pasando por él en grado sumo. Todavía estaba a tiempo de huir y salvar su vida, pero él nunca obraba por cuenta propia, sino que libremente se sujetaba a la voluntad del Padre, y también aquí a él acudía por si fuera posible que le librase de todo aquello. El poder que Dios, dentro de los misterios de su amor, permite a veces a Satanás, es enorme (recuérdense las tentaciones que soportó en el desierto), a la espera de que en su fe (que así crece) el hijo acuda y se refugie en Él para socorrerlo. La lucha en el Huerto fue atroz. Se calmaba un poco el ímpetu de las acometidas con su oración, e iba a ver a sus amigos, por si estaban orando a la par que él, pero los encontraba dormidos, y volvía buscando refugio y calor en su Padre ante las nuevas avalanchas y oleadas de cosas inimaginables que le hacía ver y sentir el Tentador(*). Entre medias “se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. Y en medio de su angustia, oraba con más intensidad” (Lc 22,43-44a) por mantenerse al lado del Padre y de su Plan. Era como si tuviese atados pies y manos a dos caballos que partiesen a galope en sentidos contrarios… Ahí, el sufrimiento en quien tantísimo ama a Dios es desgarrador, inconcebible, sintiendo como si se desgajara, como descoyuntarse internamente, como si se le partiera el alma… ¡Cómo no sería esa lucha interna que “sudaba gotas espesas como de sangre(**) que caían hasta el suelo”! (Lc 22,44b).
Alguna leve idea podemos hacernos de una lucha tal cuando sufrimos alguna contrariedad, algún contratiempo que nos hace tener que asimilar una situación que no queremos, contraria a nuestra voluntad… ¡Por eso él siempre nos sirve de modelo! ¡Por eso nos comprende perfectamente, porque ha pasado por ahí en grado sumo! ¡Por eso él media ante el Padre por nosotros si acudimos orando al Padre o a él en tales circunstancias! ¡Por eso “el hombre Cristo Jesús” es Sumo Sacerdote mediador entre nosotros y el Padre!: “Hay un solo Dios, y uno solo es el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó voluntariamente en rescate por todos” (1Tim 2,5). Por eso encontramos estas impresionantes palabras para nosotros en la Carta a los Hebreos: “Pero ahora no vemos todavía que [a Cristo] le esté sometido todo. Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos. Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos. Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así́ también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados. Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió́, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió́, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote”. (He 2,8b-11.14-18;5,7-10a)
Pudiera parecer que no fue escuchada su oración por el Padre, pero tenemos detalles de que sí: lo fortaleció, de tal manera, que al llegar Judas con la tropa a prenderlo, y cortar Pedro la oreja a Malco, criado del Sumo Sacerdote, Jesús, curando a Malco, dijo con firmeza a Pedro: “El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber? ¿Piensas tú que mi Padre no me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles si se lo pidiera?” (Jn 18,11; Mt 26,51-54); y además, no teniendo más remedio que pasar por su Pasión y muerte (misterios del amor de Dios), el Padre le acortó el tiempo de sufrimiento en la cruz. Lo sabemos porque Pilato, que entendía de crucificados, y vio el estado en el que Jesús iba camino del Calvario, cuando José de Arimatea le pidió el cuerpo de Jesús, “se extrañó de que hubiera muerto ya”, y tuvo que preguntar al centurión, que se lo confirmó (Mc 15,43-45). Estuvo vivo lo justo y necesario hasta completarse, según Dios, la Obra Magna de la Redención. Y el principal de todos los detalles es su resurrección, haciendo de todo lo sufrido algo pasajero por un bien mayor, para él mismo y para todos nosotros.
¡¡Gracias, Jesús, gracias por tan inmenso amor; por amarnos hasta el extremo!!
¡¡Oh Padre nuestro, concédenos tu Espíritu Santo para que, por medio del Evangelio, arraigados y fundamentados en la caridad (el amor), podamos profundizar internamente llegando a conocer y comprender la anchura, longitud, hondura y altura del amor de Cristo Jesús, que supera todo entendimiento, y el gran misterio de su humanidad!! (cf Ef 3,18).
(*) De sus luchas aquí y en la cruz nos hablan proféticamente, por ejemplo, Isaías y algunos salmos. En particular puede leerse Isaías desde 52,13 hasta 53,12, y el Salmo 22(21).
(**) Fenómeno natural —hematidrosis— que puede darse en una persona en condiciones de estrés físico o emocional extremo.
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